Es ya un buen tiempo desde la última vez que escribí un texto de la serie “Desde”. Si nunca has leído alguno, te invito a que pierdas un poco de tu valioso tiempo haciéndolo. Puedes encontrar dichos textos aquí y aquí.
Para los que ya los han leído, sabrán entonces que lo único que deseo hacer es compartir algunas pequeñas mordidas del gran pastel que estoy saboreando. Es sólo un intento por compartir con otros el sabor de estas experiencias que tengo mientras viajo.
Así pues sin más preámbulo, los dejo con estos pensamientos.
Concierto en el parque
Hace unos días, mientras caminaba con mis padres por el parque Luxemburgo en París, nos llamó la atención escuchar lo que a lo lejos parecía un concierto de música de cámara. Llenos de curiosidad, caminamos en dirección de la melodía y al tiempo que el volumen de la música aumentaba en nuestros oídos, también lo hacía la admiración por lo que estábamos contemplando.
En un kiosco medianamente grande había una orquesta de cuerdas formada por no menos de cuarenta niños cuyas edades oscilaban entre los cuatro y los doce años. Los pequeños artistas estaban dando un concierto como los grandes. Sus pequeños dedos se sentaban perfectamente en las cuerdas de violines y chelos como si tuvieran toda una vida de experiencia.
Cuando menos lo noté, los sentimientos ya se habían apoderado de mi espíritu y no pude contener el viaje de una lágrima por mi mejilla al escuchar el chelo de una niña de once años liberar en el aire las notas de Yesterday. Simplemente hermoso.
Había una vez un muro
Tan sólo el viernes pasado, mis pies recorrieron las calles de Berlín, la capital alemana. Me impresionó lo moderna que es la ciudad. Sus calles, edificios, su gente y sus ideas están a la vanguardia Europea (que ya en sí es vanguardista). Por toda la ciudad hay toda clase de arquitecturas que si no están ya en los libros, seguramente lo estarán.
Sin embargo, no es eso lo más impresionante. Si recuerdan bien, fue tan sólo hace veinte años, en 1989, cuando cayó el muro que dividía la ciudad y a las familias en dos. Fue hace sólo dos décadas cuando en una atmósfera de hostilidad, familias enteras quedaron separadas por los caprichos de dos fracciones ideológicas del mundo que no se entendían.
Al mirar desde las alturas la línea por la que pasaba muro quedé congelado con una pregunta ¿cómo es posible que tan sólo hace 20 años este lugar fuera una frontera de intolerancia y ahora sea un monumento de libertad y bienestar? ¿será que en otros rincones del mundo está historia se pueda repetir? Vale la pena reflexionar al respecto.
Cognac con Canada Dry
Naturalmente, un viaje a Europa no puede prescindir de la degustación de todo tipo de bebidas de distintas regiones del continente. Las obvias rápidamente llenan nuestra imaginación ¿cierto? Es fundamental disfrutar de una botella de tinto español en Barcelona o una cerveza bien espumosa en alguna terraza de Praga.
Sin embargo, en ocasiones olvidamos que es en las casas de los locales donde realmente podemos descubrir nuevos y sorpresivos sabores. Ayer, mientras visitaba a mi amiga Fanny en su casa de Cognac, pude tomar algo que si me hubieran ofrecido en México, sencilla e ignorantemente hubiera despreciado.
Como ya lo he revelado en el título, aquello que tomé fue un vaso de Cognac mezclado con Canda Dry frío. Este desafío a todas las “buenas costumbres” alrededor del consumo de Cognac sencillamente me recuerdan que el mundo es grande, las posibilidades son infinitas y cada rincón esconde una sorpresa.
Desde un tren, que viaja velozmente a través de la campiña francesa, les mando un fuerte abrazo. Próxima estación, Ciudad de México.
*Especialmente dedicado a Yves Porraz por hacerme pensar que escribo bien.